La Niña se debilita y crece la expectativa por la llegada de El Niño en 2026
El enfriamiento del océano Pacífico asociado al fenómeno de La Niña comienza a perder intensidad y los modelos climáticos anticipan una transición hacia condiciones neutrales a partir de febrero de 2026.
Los principales indicadores climáticos globales muestran un cambio progresivo de escenario. Según los últimos informes del Servicio Meteorológico Nacional (SMN) y de organismos internacionales de referencia, las actuales condiciones de La Niña en el Pacífico ecuatorial se encuentran en retroceso, lo que abre la posibilidad de una fase neutral y, posteriormente, del desarrollo de un evento El Niño a lo largo de 2026.
Los modelos de pronóstico coinciden en que, a partir de febrero, el sistema climático global dejaría atrás el enfriamiento característico de La Niña. Esta transición será clave para definir el comportamiento de las lluvias, la disponibilidad hídrica y las temperaturas durante el próximo año.
Durante la última primavera, las precipitaciones fueron regulares y oportunas en gran parte de las zonas productivas del país, lo que permitió alcanzar rindes récord en la campaña triguera, con promedios cercanos a los 40 quintales por hectárea. Sin embargo, en las últimas semanas se registró una marcada disminución de las lluvias.
Regiones como Chaco, Santiago del Estero, sectores de Córdoba y el Litoral argentino ya presentan signos de déficit hídrico o sequía leve. Los especialistas advierten que esta situación podría intensificarse hacia febrero, dado que los pronósticos anticipan precipitaciones por debajo del promedio histórico, especialmente en el Litoral.
Las proyecciones del Centro Europeo de Pronósticos a Mediano Plazo (ECMWF) y de la NOAA coinciden en que La Niña sería un evento débil y de corta duración, lo que refuerza la probabilidad de un cambio de fase climática durante 2026.
De concretarse un evento El Niño, los expertos señalan que podría provocar temperaturas globales más elevadas, un aumento significativo de la humedad atmosférica y modificaciones en los patrones de lluvias, con posibles impactos en la producción agropecuaria, la gestión del agua y la ocurrencia de eventos climáticos extremos en distintas regiones del país.
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